La Espiritualidad

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 La espiritualidad es una de esas palabras cargadas de peso, interpretaciones y limitaciones. En la actualidad nos da respeto poner la palabra en el título de un artículo, ya sea porqué unos directamente lo desecharán mientras que otros comenzarán a fantasear sin rumbo ni sentido.
A nuestro juicio la espiritualidad tiene un lugar importante en la vida del ser humano cuando el ego acapara tanto y de forma tan fácil nuestra atención.
La atención es una maravillosa capacidad del ser humano que engrandece y hace destacar aquello a lo que se dirige. Podemos decir que la atención, de alguna manera, vuelve más vivo, más presente, al objeto que atiende. Si dirigimos nuestra atención a un objeto, reconocemos sus cualidades físicas; y si ponemos la atención en el cuerpo, los sentimos con más nitidez. Cuando esto sucede, el resto de las cosas que nos rodean se perciben menos o incluso se dejan de percibir.
De la misma forma, también se puede dirigir la atención a nuestros pensamientos y emociones. De hecho esto lo hacemos, de forma inconsciente, cada vez que nos identificamos y nos perdemos en ellos lo cual sucede con más frecuencia de la que nos damos cuenta.
Pensamientos y emociones hay de un mil tipos. Al decir que la espiritualidad es más relevante que nunca lo decimos pensando en contrarrestar los pensamientos y emociones que provienen del ego y que actualmente se fomentan más que nunca. La percepción del ego nos presenta separados (de los demás y del universos), materialistas (creemos solo en lo que muestran los sentidos), erróneamente autónomos (pensamos que existimos de forma independiente y sin necesidad de lo demás) y, como consecuencia de todo esto, hacen que en el fondo nos sintamos amenazados y vulnerables. Tememos por los peligros externos, por el no tener, por no llegar a ser, por sentirnos solos, por perder algo que nos gusta y experimentar lo que nos desagrada.
Cuando ponemos nuestra atención en dichos pensamientos y emociones estamos fortaleciéndolos con la fuerza de la atención, dándoles más vida sin importar si esa vida se gira en contra de nuestra tranquilidad y paz. El problema se agrava aún más cuando la mente genera una intensa actividad mental que gira en torno a lo que quiere (apegos, deseos, necesidades) y de lo que no (aversiones, miedos, evitaciones) con lo cual lo que acabamos haciendo es sobre-atender esos miedos, sensaciones y deseos; nos perdemos en ellos, le damos demasiadas vueltas e importancia hasta convertirlos en el eje de nuestra vida y en la primicia constante de nuestra atención, y, como consecuencia, creamos un círculo cerrado y repetitivo. Todo lo anterior, sucede como una respuesta errónea al deseo del ego de sentirse más seguro y lo más alejado posible del vacío que le produce su propia percepción.
Por si esto no fuera poco, además, la visión actual predominante nos empuja a considerar la rutina como algo aburrido y poco atractivo. Cuando nos acostumbramos al acontecer de la vida nos aburrimos de ella y comenzamos a movernos en  automático, buscando con más desespero satisfacción en cosas nuevas y diferentes que cubran la insatisfacción que surge de un presente que la mente etiqueta de “conocido”.
Una de las cosas que pretende la meditación es erradicar la costumbre de centrar exclusivamente la consciencia en el ego y de desvalorizar la cotidianidad. Es entonces cuando la espiritualidad cobra relevancia.
En esta forma de entender la espiritualidad no se trata de soñar despiertos ni de nada que sea fantasear inútilmente, sino de que cada persona escuche y atienda aquello “espiritual” (léase “profundo”) con lo que comulga su interior, aquello que le dicta su intuición y que le llama por dentro, para que pueda darle, con frecuencia, un tiempo y espacio de su atención consciente.
El sentido “espiritual” entonces es totalmente subjetivo. Cada persona lo puede encontrar en creencias espirituales o religiosas distintas, en una de las tantas formas de meditar, de oración y plegarias, en la devoción, en filosofías “de vida” o ejercicios metafísicos. Todas estas opciones pueden tener finalidades y procedimientos distintos y sin embargo comparten el intentar quitarle fuerza a los problemas del “yo” al querer llevar diaramente nuestra atención a prácticas, pensamientos, emociones o acciones más elevados que le den profundidad a la mirada, calidez al corazón y claridad al intelecto. Incluso podemos encontrar cierto tipo de inspiración espiritual en conceptos arquetípicos como los valores o los ideales, en la búsqueda del crecimiento personal, en el agradecimiento (qué nos conecta con todo lo que hace posible la vida), en la entrega a lo que nos traiga la vida, en la búsqueda del bien común (que nos hace centrarnos no solo en mi persona, sino también en los otros), o en la actitud de frescura y asombro ante el devenir de los pequeños detalles de la vida (lo cual nos aleja del piloto automático y de la insatisfacción constante).
Sea lo que sea que a cada persona le lleve a tener en su conciencia algo que no sea solo su ego, y que a su vez le haga sentirse en conexión y armonía con el entorno, es importante que no se limite a ser un mero pensamiento, sino que de alguna manera se plasme en acciones y palabras que vayan produciendo un cambio en su propia forma de estar y de percibirse así mismo, ayudándole a salir del círculo en el que está acostumbrado a estar y a nutrir sin darse cuenta. Por esto motivo, se recomienda la meditación diaria, pues solo así cada día se lleva la atención a esa práctica (sea la que sea) donde recordamos hacia dónde queremos ir, qué clase de personas y de conciencias queremos ser.
Esta espiritualidad práctica (o fomento de una conciencia transpersonal) nos parece más necesaria que nunca, sin quitarle importancia a la ciencia ni a la tecnología que nuestra civilización ha desarrollado a niveles impensables.
Esta búsqueda transpersonal da valor a todos los caminos espirituales contemporáneos, ya sean new age o inspirados en religiones y tradiciones milenarias, y nos hace ser seres no solo racionales, sino también, sencillamente y de una forma muy accesible, seres espirituales.   

                              MD Luis Dugas

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