Estamos acostumbrados…

Estamos acostumbradas a ser la novia de alguien, la madre de alguien, la hija de alguien, la amiga de alguien, la amante de alguien.

Aprendimos aquella canción de aquella pareja que tuvimos, a cocinar aquel plato de aquella cena que dedicamos, a hacer pasteles de aquel cumpleaños que organizamos, que no era el nuestro; aquella playa perdida de aquel viaje que compartimos, aquella práctica sexual en la cama de quien nos metimos.

Descubrimos nuestros gustos sexuales satisfaciendo o celebrando los de nuestra compañía de cama, nuestras apetencias culinarias compartiendo platos, nuestros gustos musicales acompañando a conciertos… y, así, nos pasamos la vida aprendiendo de otras personas lo que queremos. Y nos convertimos en una suma de deseos ajenos.

Este sistema que nos ha enseñado a disfrutar más ofreciendo placer que sintiéndolo, a sentirnos mejor cuidando que cuidándonos, a querernos por lo que nos quieran y no porque nos lo merecemos, a buscar en el espejo una imagen que guste al resto, nos ha convertido en satisfactoras, que se pasan la vida buscando una identidad que al parecer sólo nos pueden ofrecer los gustos ajenos.

Nos da miedo preguntarnos ¿quién soy? ¿qué quiero? No vaya a ser que a las personas que tenemos alrededor no les guste lo que somos, lo que queremos.

No podemos ser felices si no perseguimos nuestros anhelos, y no podemos encontrarlos si no los reconocemos.

Y para reconocerlos, tenemos que estar a solas con ellos. 

Y con nuestros sufrimientos, y con nuestros gustos y con nuestras penas, y con nuestras ganas y con nuestros deseos.

Nunca imaginaríamos una historia de amor sin intimidad, pero no estamos casi nunca a solas con nuestro propio deseo.

Estamos poco solas, disfrutamos poco solas y sufrimos poco solas. 

Porque nos entendemos mucho mejor como complementos. Hasta que un día, no nos reconocemos.

Hay una historia de amor que debería durarnos toda la vida: la del amor “nuestro”. 

Esa historia en la que lo importante no es que nos quieran, sino querernos. 

Y a esa historia, tenemos que dedicarle tiempo….

O vendrán otros, y nos dirán lo que queremos….

María Ross Google+

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