Amar es un arte de muchas virtudes 

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Amar es un arte de muchas virtudes

Estaba acompañando al Viejo, como cariñosamente llamábamos al monje más antiguo de la Orden, a un ciclo de conferencias que él impartía, cuando recibí la invitación para celebrar los ochenta años de un pariente muy querido. Sería en una ciudad próxima a donde estábamos. Invité al Viejo a ir conmigo y aceptó de inmediato. Le confesé mi contrariedad por tener que ver a algunos parientes con los cuales había tenido desavenencias en el pasado. Comenté que en la fiesta me encontraría con un primo, que fue uno de mis mejores amigos en la adolescencia, pero que en un determinado momento nos desentendimos y peleamos. Yo no le dirigía la palabra hacía años, así que le dije que no se le hiciera extraño. El Viejo comentó: “Las ceremonias ya sean personales, familiares, profesionales o religiosas son importantes rituales tanto por la celebración de la vida, por la aproximación entre iguales que vibran en la misma sintonía energética, como por la oportunidad de encuentro entre aquellos que poseen divergencias que necesitan ser apaciguadas. La diferencia de puntos de vista nunca debe ser motivo para el distanciamiento del corazón. Son indispensables las flores del respeto, la compasión, la humildad, la paciencia y el coraje en el jardín del amor. Para amar no basta querer. El amor es un arte de muchas virtudes”.

Sentí que el monje no me había comprendido así que resolví callar. En la fiesta presenté al Viejo a todos y como de costumbre despertó mucha simpatía. Él vestía un blazer oscuro acompañado de un corbatín colorido que parecía decorar su enorme barba blanca. El bastón que lo auxiliaba para andar lo hacía ver como un malabarista por la elegancia con que lo manejaba. Era un hombre sofisticado por su simplicidad. Su nobleza residía en la atención dedicada a todos y a todo lo que lo rodeaba.

Todo iba bien hasta que en determinado momento ví a mi primo, a quien no le hablaba, aproximándose al monje para iniciar conversación. Para mi irritación, ellos charlaron por más tiempo del que deberían y lo peor, en determinados momentos se reían a carcajadas. Cuando el Viejo se acercó no escondí mi insatisfacción ni mis motivos: él se estaba divirtiendo con un enemigo mío. El Viejo, sin alterar su serenidad, me dijo con su voz siempre suave: “Nadie es del todo bueno ni del todo malo; él no es mi enemigo ni debería ser el tuyo”. Le dije que se equivocaba con relación a mi primo y que no debería engañarse con el discurso encantador que poseía, pues en la intimidad  se revelaría muy diferente. El monje aclaró: “Todos somos así. En la convivencia esporádica mostramos tan sólo lo mejor que tenemos y, no lo dudes, esta luz existe de verdad. No obstante, solamente la intimidad arranca las máscaras que usamos con la ilusión de protegernos del mundo y derriba las puertas del sótano oscuro de nuestro ser; entonces mostramos las sombras que nos habitan. Esto también tiene su lado bueno pues sólo conociendo quiénes somos podemos volvernos quién deseamos ser, en proceso continuo de transformación. La convivencia intensa rasga familias, matrimonios y antiguas amistades o las hace más firmes, como guerreros cuyos lazos quedan fortalecidos después de ayudarse en arduas batallas, en pruebas cruciales de madurez y perfeccionamiento. Esas relaciones se convierten en las más bellas obras de arte existentes, pues tienen como materia prima la vida esculpida con la espátula del amor. Ningún lienzo, escultura, libro o música será más valioso y profundo. Todo arte, sin negar su valor, no pasa de una amplificación de la historia de la vida de cada uno de nosotros”.

“Amar es el mayor arte. Tú eres el artista; tu vida es la gran obra. Anónima o no, es igual de importante que todas las demás y cuando está lista, en vez de reposar en un museo, embellecerá los jardines de la humanidad a través de infinitas mutaciones. El universo agradece, se expande y se ilumina. Esto te da poder y te hace un ser encantador”.

Dije que había perdonado a mi primo, no le deseaba mal, pero que jamás olvidaría lo que me hizo. Sólo no deseaba convivir más con él y agregué que yo no estaba obligado a ello. El Viejo arqueó los labios con una  leve sonrisa y dijo: “Nadie está obligado a nada. No obstante, en todo momento tenemos la opción de mantener el barco en la tempestad o buscar nuevos horizontes en donde podamos atravesar océanos con alegría y en paz. Cada cual es su propio capitán, define qué mares navegará y en qué playas  atracará, así como sus conquistas y desastres. No existe suerte, tampoco hay lugar a reclamos”. Pidió un vaso con agua al mesero, bebió un sorbo y prosiguió: “Cuando no soportamos la convivencia con el otro significa que el perdón aún no floreció. El perdón está ligado a la Ley de la Renovación y de las Infinitas Oportunidades, además  de la Ley del Amor. Absolutamente todo necesita volverse semilla de nuevo para que la vida pueda proseguir. El renacimiento es un poderoso instrumento de la Luz”.

“Sólo existe Luz cuando hay amor; es imposible amar sin perdonar”.

“Para que haya perdón es necesaria la virtud de la compasión, para entender que cada cual actúa según el límite exacto de sus capacidades. Ni más ni menos. No obstante, todos cambian, se transforman y evolucionan. Perdonar no es olvidar, esto es amnesia. Perdonar es la capacidad de recordar los hechos envolviéndolos con un manto de comprensión con relación a las limitaciones y motivaciones, de acuerdo con el nivel de consciencia y capacidad amorosa que todos tenían en la época, tanto él como tú; entonces, se hace necesario el soporte de otra virtud, la humildad. ¿Cómo exigir la perfección del otro si no la podemos ofrecer? ¿Qué tal ofrecer lo mejor de ti y aceptar de buen agrado lo que el mundo tiene para entregarte, aún sabiendo que casi nunca será aquello que tú esperas? Así actúan los espíritus libres. Esto es vivir con amor y por amor”. Bebió un sorbo más de agua y concluyó: “No desear el mal al otro no significa perdonar. Esto es a penas un importante escalón para el perdón. Combatir el mal con el mal es usar la moneda sucia de las sombras. Rehusar el juego de las sombras es el inicio de la jornada de iluminación, del conocimiento, del equilibrio, de la plenitud del ser y de la paz”. Reposó el vaso sobre una mesa y prosiguió: “No desear el mal aún está distante del verdadero poder del amor. Es necesario ejercitar el bien. Sin amor no hay luz; sin luz nos mantenemos en la celda oscura de las sombras”. Lo interrumpí para refutarle. Argumenté que yo no estaba aprisionado, tan sólo ejercía mi derecho inalienable de no convivir con mi primo. El Viejo meneó la cabeza y dijo: “Sí, las elecciones son tuyas y en ellas reside todo tu poder. Sólo ellas transforman y libertan. Sin embargo, presta mucha atención, pues las peores prisiones no tienen rejas y, por esto, no nos sentimos presos. No hay libertad sin amor, no existe amor sin perdón, no existe perdón sin compasión y humildad”.

Confesé que existía el riesgo de que mi primo me volteara la espalda o fuera duro al intentar aproximarme. El Viejo meneó la cabeza y explicó: “A los débiles les cabe la rabia, el dolor y el resentimiento. El miedo es sombra; el coraje luz. El amor está destinado sólo para aquellos que tienen coraje. El coraje de las batallas, de los vuelos inimaginables, de ir más allá del promedio. Es preciso coraje para enfrentar el rechazo o la incomprensión del otro. Si esto acontece será necesario paciencia, otra valiosa virtud, para entender que el otro todavía no está listo para el reencuentro y claro, sin dejar de lado una virtud, el respeto. Respeto a la libertad y a la decisión ajena pues, así como tú, él tampoco está obligado a hacer nada”.

Comenté que aquellas palabras eran muy bonitas, pero que la vida era dura y la realidad muy diferente. Confesé que muchas veces había tenido ganas de buscar a mi primo para conversar y finiquitar el conflicto. Sin embargo, yo estaba casi seguro de que él me daría la espalda o me humillaría de alguna manera. No estaba dispuesto a rebajarme. También agregué que era él quien estaba equivocado, por lo tanto era él quien debería tomar la iniciativa. El Viejo abrió los brazos como si necesitara de gestos para aclarar las palabras y dijo: “¿Percibes que el orgullo es carcelero del corazón? Solamente es pasible de humillación quien posee el ego exacerbado. El orgullo y la vanidad son sombras que engrandecen el ego y debilitan el ser. Aprisionan y traen dolor por envenenamiento. La humildad y la compasión componen el antídoto. Paciencia, respeto y coraje son indispensables para que el tratamiento avance. El amor es la cura”.

“Para bañarse en Luz es necesario experimentar el amor en toda su amplitud. Para eso será necesario que todas las virtudes florezcan en cada cual”.

Me rehusé. Como de costumbre el Viejo no insistió. Él siempre expresaba su pensamiento de manera clara y tranquila; quien tuviese oídos que oyera. El monje continuó deambulando entre los invitados, conversando con todos y divirtiéndose mucho. Fuimos de los últimos en salir de la fiesta. Conduje el carro por algunos minutos hasta que uno de los neumáticos se estalló. Solamente cuando busqué el repuesto me di cuenta de que estaba vacío. Estábamos en un lugar íngrimo, distante para volver a pie hasta el lugar de la fiesta en busca de ayuda y sin señal de celular. Le hice señas a algunos carros que pasaban, pero el miedo que reina en las grandes metrópolis les impedía parar. El monje observaba y se maravillaba con lo que sucedía, como si nada lo asustara. Cuando estaba a punto de desistir, un carro se aproximó. Era mi primo. Me ofreció una sonrisa sincera, nos cedió el respuesto de su carro y me ayudó a cambiar la llanta. Cuando acabamos lo miré, un poco sin gracia y le agradecí. Me dijo que el único agradecimiento que aceptaría sería un fuerte abrazo. Nos abrazamos con lágrimas en los ojos. Al oído me susurró un pedido de perdón. Pidió disculpas por haberme hecho sufrir  dando como resultado nuestro alejamiento. Le dije que debíamos conversar para resolver los malentendidos de antaño. Él cuestionó si era necesario, pues ya habíamos tenido tiempo suficiente para pensar sobre lo ocurrido y estaba seguro de que cada uno de los dos sabía en qué podría haber hecho diferente y mejor. Ya había pasado mucho tiempo y las personas que éramos en aquella época simplemente no existían más. Éramos otros. Dijo que le gustaría mucho que nos encontráramos de nuevo, no para remover el pasado, sino para hablar del presente, de los hijos y de los sueños que nos movían. Sí, él tenía razón. En mi interior yo sabía que él no tenía toda la responsabilidad; una parte del débito, mayor o menor, no importaba, me pertenecía. Quedamos en almorzar al día siguiente. Celebraríamos la alegría de un nuevo ciclo de nuestra amistad.

Cuando volví al carro le comenté al monje que sentía una oleada de paz y alegría a mi alrededor. Avergonzado, admití que aquel a quien yo consideraba pequeño había sido un gigante al ofrecerme una bella lección.  En otra ocasión, yo me esforzaría para que la iniciativa fuese mía.

El Viejo no pronunció palabra, a penas apreciaba el paisaje por la ventana y sonreía.

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